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DA PARA HABER TODA La ESPONTANEIDAD CON UN CREYENTE ?

Hay una fase en la vida religiosa en que la persona gusta mucho de andar con los hermanos. Esto acontece, en general, luego después de la conversión; y, tiende la extenderse por las buenas más tiempo, dependiendo de la profundidad con que el “nuevo convertido” haya roto, en el auge de la consagración, con todos sus antiguas relaciones y amistades “no-cristianas”.

Sin amigos, aislado del mundo, guardado en la iglesia, el individuo intenta hacer el mejor para transformar aquel pequeño mundo en el único mundo relevante.

Entonces, se envuelve, se entrega, lucha las guerras locales; sufre, hace sufrir; ama, pierde la confianza; continúa asimismo; desarrolla disculpas para tanta tontería; va se haciendo astuto, aprende a hablar sólo lo que es ‘bien oído’ y del ‘modo correcto’—de acuerdo con la lengua del gueto—; hasta que ya no gusta de la compañía de nadie, pero no tiene para dónde ir; y queda; y aprende a molestar los otros; y se hace insensible de tal modo que se acostumbra y va se haciendo cínico para con todo; y así va hasta que quiebre la cara...
De lo contrario, muere así, “creyente”...

Cuando quiebra la cara él descubre una multitud de jueces, y unos pocos hermanos. También descubre que algunos viejos amigos de fuera “” son más hermanos que muchos de los llamados hermanos de dentro “”.

Estoy diciendo esto porque me siento un bien-aventurado. Tengo hermanos dentro y fuera de la iglesia “”. Sé que cuento con la amistad y el amor de ellos. Ellos demuestran eso de modo verdadero.
Además de eso, ya “quebré la cara”, y sé en la propia piel como es ser un alma quebrada en una tierra de creyentes “.

Pero tengo muchos amigos creyentes. Con algunos tengo “toda” la libertad. Con otros, ‘mucha libertad. Con otros tantos una libertad ‘menor, pero ni de ahí que disminuye el cariño y la amistad existentes.

Sin embargo, lo que hallo digno de pena es el hecho de que la comunidad de la fe tendría todo para ser el lugar más libre y de fáciles expresiones humanas de este mundo. Sin embargo, no es. Y parece que nunca fue.

Otro día Adriana estaba predicando en el Camino de la Gracia, cuando preguntó: “Cuando vosotros quieren quedar la gana... pero la gana mismo..., vosotros buscan gente de la iglesia para la compañía en el programa?”

Muchos se observaron, y, en las miradas, admitían que en la perspectiva de libertad de cada uno, la presencia “creyente”, al lado, no era bienvenida en la hora de divertirse.

Ora, esa es la gran pena!

Es una pena que en el ambiente de la fe las personas no puedan ser ellas mismas, bajo pena de queden estigmatizadas.

Es una pena que el camino de la diversión tenga que ser tan lejos de la puerta de la comunidad.

Es una pena que la presencia de un “hermano” quite de las cosas el antojo ardiente.

Es una pena que sea así sólo porque existe esa desgracia moralista e infame, “protegiendo” la iglesia “” de la vida y de la realidad.

Una “iglesia ” sólo se transforma en Iglesia cuando en ella todos pueden ser ellos propios, sin disfraces; y cuando la alegría disfrutada en cualquier lugar del mundo no necesita ser negada entre los “creyentes”.

Mientras los “creyentes” no traten toda la vida con naturalidad y mirada limpia, no será posible haber verdad de ser en la “iglesia ”.
Mientras la iglesia “” sea un ente de la Moral y no de la Verdad; de sus ideas , y no de la Espontaneidad; del Juicio, y no en la Confianza en el hecho que Dios es Padre de todos—no habrá clima y ni ambiente para que las personas se alegren en verdad, unas con las otras; y más: sabiendo con quien se alegran, en una comunión verdadera; y no en un show de ideas antiguas y asquerosas.

Piense en esto.




Caio